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MARIANA GARCÉS CÓRDOBA
Ministra de Cultura

MARIA CLAUDIA LÓPEZ SORZANO
Viceministra de Cultura

ENZO RAFAEL ARIZA AYALA
Secretario General

GUIOMAR ACEVEDO GÓMEZ
Directora de Artes

ALEJANDRO MANTILLA PULIDO
Coordinador Área de Música

MARYSABEL TOLOSA ESCOBAR
Coordinadora Año José Barros

GUADALUPE GIL PABÓN
Coordinadora Proyecto Editorial PNMC

ISBN Versión USB Digital: 978-958-753-212-8
Versión digital hecha en Colombia
Material realizado para distribución gratuita con fines didácticos y culturales.
Prohibida su reproducción total o parcial con ánimo de lucro sin la autorización expresa para ello.
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Primera edición digital 2015
© 2015, Ministerio de Cultura

RAFAEL BASSI LABARRERA
JOSÉ ROSERO
Autores

JOSÉ ROSERO
Ilustración y Edición

CASA TINTA
Diseño y Diagramación

RAFAEL SANZ
Animación

EL CAJÓN
Programación

DANIELA SICILIA
Composición musical y piano

JUAN CARLOS CASTAÑEDA
Clarinete

JULIANA SANTACRUZ
Percusiones

DIEGO NAVARRETE
Percusiones

RAFAEL FLORIDO
Flauta

MARIO ANDRÉS GÓMEZ RUÍZ
Ingeniero de sonido

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Muchas veces la historia y la literatura adquieren forma de canción; así la música cumple la misión ineludible de expresar ideas, sentimientos y asombros: en un sentido amplio, la música consigue educar.

En Colombia coexisten manifestaciones musicales que se corresponden con la diversidad racial, cultural y geográfica del territorio. La memoria individual y colectiva de los habitantes de nuestras regiones está colmada de ritmos y sonidos de múltiples orígenes. Este patrimonio sonoro necesita mostrarse de manera que pueda permanecer como un referente cultural colectivo.

Al cumplirse el primer centenario del nacimiento del maestro José Benito Barros Palomino, el Ministerio de Cultura mediante la Resolución 345 honra su memoria, al declarar 2015 como el “Año José Barros”, rindiendo un homenaje a su vida y su fecunda creación. Para ello el Ministerio estableció una agenda de eventos y emprendió la edición e impresión de publicaciones dedicadas a su obra, entre las cuales se cuenta esta propuesta de cuentos inspirados en sus canciones.

Los relatos alrededor de las canciones "El Gallo Tuerto", "Las Pilanderas", "El Pescador" (El alegre pescador), "Pesares" y "Navidad Negra" -que fueron elegidas por el público a través de la convocatoria realizada en la página web del Ministerio-, permitirán que niños y jóvenes colombianos y de otros países, conozcan, apropien e interpreten parte de la obra musical y del legado creativo del maestro José Benito Barros Palomino.

El Ministerio de Cultura entrega al país esta publicación realizada desde el Plan Nacional de Música para la Convivencia –PNMC–, puesto en marcha en todo el territorio colombiano, desde hace doce años, para fortalecer la riqueza musical del país y promover su conocimiento, divulgación, apropiación y valoración.

Agradecemos la colaboración de Peermusic Colombia —editora encargada de la gestión de los derechos de autor de estas cinco obras del maestro Barros— , su aprobación para incluir en la publicación los textos de las canciones aportados por los herederos del maestro. El diálogo entre Peermusic, los herederos del maestro Barros y el Ministerio de Cultura permite entregar al país versiones originales de las hermosas obras que aquí publicamos.

¡Bienvenidos a este homenaje!

La historia que te voy a contar es pura verdad. Cuentan los abuelos que en el siglo pasado nació un domingo de marzo en El Banco, Magdalena, el cantor del río José Benito Barros Palomino —a quien todos le decían Benito—, hijo de un emigrante brasileño y una descendiente de indígena pocabuyana. Fue el quinto hijo de la pareja. Su padre murió cuando el niño tenía tres años. Desde muy pequeño trabajó en multitud de oficios para ayudar en su casa: fue mandadero, vendedor de dulces, frutas, pescado y refrescos, ayudante de carga en el viejo muelle y, en compañía de su amigo Nicanor Parra y de su hermano mayor Adrián Barros, creó una sociedad de lustradores de botas.

En el territorio de los pocabuyes, en cuyo dominio floreció el pujante poblado Sampayón, hoy El Banco, germinaban leyendas sobre las aventuras de hombres color majagua que tenían en sus brazos fornidos la responsabilidad de la boga en el río Magdalena, transportando mercancías y gentes de todos los confines.
En ese mundo mágico, el joven José Barros conoció un gallo tuerto, triunfador en muchísimas riñas, que se convirtió en su compañero de andanzas.

Muchos años después, en 1945, cuando llegó por primera vez a Bogotá, por solicitud de una casa disquera compuso varias canciones de música bailable y entonces le hizo honores a su gallo tuerto, recordando que alguna vez un borracho irreverente respondió al cántico entonado por el cura del pueblo Dominus vobiscum (El Señor esté con vosotros), en lugar del esperado Et cum spiritu tuo (Y con tu espíritu), un espontáneo COCOROYÓ, COCOROYÓ.

El Gallo Tuerto se hizo famoso en toda América, fue interpretado en películas mexicanas y grabado por orquestas extranjeras, a tal punto que hasta el sol de hoy su estribillo resuena todavía en nuestras mentes.

Se murió mi gallo tuerto
Que será de mi gallina (bis)
A las cuatro ‘e la mañana
le cantaba en la cocina (bis)

Cocoroyó cantaba el gallo
Cocoroyó a la gallina
Cocoroyó cantaba el gallo
Cocoroyó en la cocina

Lo traje de Chimichagua
Y en El Banco se murió (bis)
Pobre mi gallito tuerto
La peste me lo mató (bis)

Cocoroyó cantaba el gallo
Cocoroyó a la gallina
Cocoroyó cantaba el gallo
Cocoroyó en la cocina

Chimichagua con El Banco
Se parecen dos hermanos (bis)
Porque cuando el uno cae
El otro le da la mano (bis).

Cocoroyó cantaba el gallo
Cocoroyó a la gallina
Cocoroyó cantaba el gallo
Cocoroyó en la cocina

Señora Juana María
mire que me coge el día
arregle mi pantalón
Mire que quiero llegar
para poder festejar
el cumpleaños de la virgen
de mi pueblo tropical

Que vengan de Santa Marta
que vengan para bailar
al son de las pilanderas
De mi Banco tropical.

Ay pilá pilá pilanderas
que llega la noche buena
Díganle a las pilanderas
que traigan maíz panela
para hacer la chicha e mamo
Y manden por el pilón
Donde el compa Pantaleón,
Y cuatro cajas de velas
Pa’ quemarlas en el cumbión

Que vengan de Santa Marta
que vengan para bailar
al son de las pilanderas
De mi Banco tropical.

En su andar infantil por las polvorientas calles pueblerinas, a José Barros le picó el bicho de la música y desde los diez años comenzó a cantar, cuando hombres mayores en su bohemia ribereña lo subían a una mesa para que lo hiciera, mientras lo acompañaban con guitarra y tiple. Así empezó su vida de cantante y más tarde de compositor: haciendo canciones para enamorar.

En su adolescencia escuchó muchas canciones en las fiestas patronales y siempre le gustó aquella cuyo coro decía: Pilá, pilá, pilandera. Con ella se recreaba el ritual de pilar el maíz o el arroz en un pilón de madera heredado de los abuelos indígenas, para preparar la apetecida chicha de mamo con maíz y panela, tan propia de la Depresión Momposina.

Cuando empezó a gestar versos para enaltecer a las mujeres que ejercían el sacrificado oficio de triturar las doradas pepitas, se acordó de Juana María, una mujer madura de enjuta figura que además de las labores domésticas planchaba por días; y recordó que los señores al llegar el mes de febrero estaban ansiosos por disfrutar de la fiesta banqueña de la Virgen de La Candelaria. Allí todos bailaban y participaban en la rueda de cumbiones, en el desfile de las danzas, las varas de premio, las bolas de candela, las mesas de ruleta y la infaltable pólvora que teñía la noche de colores y explosiones festivas en los castillos donde brillaba la imagen de la Virgen, enmarcada en el fuego.

Estas celebraciones atraían gente de todas partes, inclusive a las autoridades de Santa Marta, quienes acudían a divertirse al pueblo que resplandecía de orgullo y entusiasmo.

Así fue como Las Pilanderas se convirtió en un himno a las mujeres trabajadoras y, por su carácter festivo, trascendió en todo el país y el exterior.

Déjame decirte que no hay otro compositor en Colombia que haya incursionado con tanto éxito en ritmos tan diversos: cumbia, porro, pasillo, paseo, tango, ranchera, vals, bolero. José Barros entendió muy pronto que su misión era componer y, aunque al principio grabó con numerosas agrupaciones —entre ellas Los Trovadores de Barú—, se retiró pronto de los escenarios para dedicarse a tejer finos versos y melodías que interpretarían importantes orquestas del continente. Fue un verdadero trotamundos que recorrió con su guitarra terciada varios países de América, especialmente los que descollaban en la industria fonográfica, después de haber trasegado en Bogotá y Medellín cantando para sobrevivir en bares y cantinas.

A pesar de que José Barros apenas alcanzó cuarto de primaria, su amor por la lectura y su capacidad de observación lo convirtieron en uno de los compositores más prolíficos e importantes de Colombia.

Al asomarnos a su producción encontramos a un conocedor de los secretos del romancero español, de las tamboras del río Magdalena, de los legendarios cantadores de décimas de su tierra, lo que le permitió expresarse en una poesía festiva o romántica, de acuerdo con el estado de su alma. Él era un escritor de fina pluma, capaz de poner diestramente una palabra detrás de la otra y cantar por ejemplo, aquello de que: "la luna espera sonriente / con su mágico esplendor / la llegada del valiente / del alegre pescador".

La canción "El Pescador" (El alegre pescador) recrea poéticamente las duras jornadas de trabajo de esos hombres de río y mar, que se dedican a la pesca y conocen y aman a la naturaleza; por eso su aceptación popular, como un homenaje al hombre del río.

Va subiendo la corriente
con chinchorro y atarraya
la canoa de barenca
para llegar a la playa.
La luna espera sonriente
con su mágico esplendor
la llegada del valiente
del alegre pescador.

El pescador... habla con la luna
El pescador... habla con la playa
El pescador... no tiene fortuna
Sólo su atarraya.

Regresan los pescadores
con la carga pa’ vender
al puerto de sus amores
donde tienen su querer.
Esta cumbia que se llama
el alegre pescador
la compuse una mañana
una mañana de sol

El pescador... habla con la luna
El pescador... habla con la playa
El pescador... no tiene fortuna
Sólo su atarraya.

Quiero contarte que José Barros fue un hombre apasionado, un enamorado de la vida, del río, de la música y de las mujeres. Fue un hombre de mujeres. A casi todas las encantaba y conquistaba con su canto.

Largas noches de serenatas y bohemia enriquecieron la inspiración del enamoradizo compositor que en su juventud recorrió medio mundo. Sensible y soñador, en su peregrinaje aprendió a expresar sus sentimientos amorosos en tangos, rancheras, valses, pasillos y boleros, que nada tienen que envidiar a los mejores cultores de estos géneros musicales.

En sus canciones plasmaba sus amores furtivos y las decepciones más descorazonadas que tuvo en sus andanzas. Sus cantos a la mujer amada procedían del universo lírico de un hombre ardiente que supo moldear en versos y melodías, el cortejo implacable a la mujer que soñaba.

Sus amores y desamores lo llevaron a producir temas de mucha acogida por los corazones despechados y emparentados en el dolor. Su música romántica es una biografía de su vida sentimental.

Escribió muchas canciones dedicadas a su segunda esposa, Amelia Caraballo, entre las cuales se encuentra el pasillo "Pesares", que compuso muchos años después de haberse separado, al recordar pasajes de la vida matrimonial.

"Pesares" es una canción muy apreciada por los cantantes de música andina y hace parte del repertorio de sus serenatas, quizás porque deja siempre ese tinte agridulce de los amores cuando se van.

¿Qué me dejó tu amor,
que no fueran pesares?
¿Acaso tú me diste
tan sólo un momento de felicidad?

¿Qué me dejó tu amor?
mi vida se pregunta
y el corazón responde,
pesares, pesares

¿Qué me dejó tu amor?
mi vida se pregunta
y el corazón responde,
pesares, pesares

La primavera de mi corazón
contigo no tuvo perfume,
y hasta la propia vida
se me fue llenando de desilusión

Imagínate que para 1970 José Barros era una celebridad nacional e internacional. Su cumbia "La Piragua" se escuchaba en todos los rincones.

Agobiado por la agitada cotidianidad y el frío capitalinos, aceptó la invitación de un grupo de jóvenes banqueños a regresar a su tierra natal. Y luego de ser recibido por un gran cortejo de pescadores que lo condujeron hasta el viejo puerto, el maestro decidió quedarse a vivir en su pueblo y fundar con sus amigos el Festival Nacional de la Cumbia. Quiso darle a El Banco unas fiestas a la altura de sus tradiciones culturales.

El trashumante aventurero había vuelto a su patria chica para vivir de nuevo la sensación pegajosa del sudor, el imperio del trópico agreste sobre su piel, que como anfibio de tierra caliente siempre añoraba en su periplo trasandino.

En El Banco volvió a encontrar el amor y vio nacer a sus hijos, Katiuschka, Veruschka y Boris, a los que crió amorosamente supliendo en cuanto pudo la ausencia de la madre en el hogar. Dedicó buena parte de sus últimos años a escribir cuentos y novelas, inéditas la mayoría, legado que viene a sumarse a las cerca de 600 canciones que compuso.

Allí reencontró el rumor de cumbia y el calor de las velas en las celebraciones navideñas de los pescadores, cuando la tambora, el alegre, el pechiche y el guache se adueñaban de la noche y la gaita exhalaba su eterna queja de añoranza indígena. Era la navidad de la gente del pueblo, donde se veían los rostros y los brazos morenos —acostumbrados al remo y la atarraya— dedicarse a cortejar también con los pies, acompasados en contorsiones y requiebros solemnes, a las mujeres que reinaban con el fuego en sus manos.

La magistral "Navidad Negra" es para los ribereños el regreso jubiloso a la tierra, a la vida que no es un soplo sino el ventarrón de verano que invita a vivir con la intensidad del trópico, a bailar con el llamado imperioso de los tambores.

Como te habrás dado cuenta, después de disfrutar y aprender de la parábola vital de José Barros, podrás decir que el maestro banqueño tenía una excepcional sensibilidad para interpretar la imponencia de los paisajes de su río, o enaltecer el ritmo y el baile de la cumbia mestiza de nuestra tierra, o componer al amor, inspirado en el encanto de las mujeres ribereñas.

Por eso hay que resaltar la trascendencia de su legado y recordarlo como un vocero de su pueblo. Fue un hombre con una vocación crítica inclaudicable ante las luces y sombras de su sociedad; es así que con la misma pasión de enamorado empedernido cantaba a su rosa momposina, también podía exaltar al minero, al pescador sin fortuna, al gallo tuerto o a los bogas de la piragua.

José Barros fue el juglar de los oficios sencillos de su pueblo, el incansable defensor de nuestra música vernácula y el pescador de la luna.

En la playa blanca
de arena caliente (bis)
hay rumor de cumbia
y olor de aguardiente
La noche en su traje negro
estrellas tiene a millares
y con rayitos de luna
van naciendo los cantares

Del pescador de mi tierra
del pescador de mi tierra (bis)

Bailan las canoas
formando una fila (bis)
mientras canta el boga
su canción sencilla
En toda la ranchería
se ven bonitos altares
y entre millos y tambores
van naciendo los cantares

Del pescador de mi tierra
del pescador de mi tierra (bis)

La gaita se queja
suenan los tambores (bis)
en la noche buena
de los pescadores.
La noche en su traje (...)